Dominic Blackwood
El silencio en el salón principal de la mansión era una hoja de afeitar que me cortaba la paciencia. Estaba sentado en mi sillón de cuero, con las sombras devorando los rincones de la estancia, mientras observaba la escena con una frialdad que me costaba mantener. Liam Donovan acababa de entrar arrastrando a Mia, y el espectáculo era deprimente. Mi hermana, una Blackwood, olía a los clubes más sórdidos de Mayfair y a esa desesperación química que solo los débiles permiten que