Dominic Blackwood
El cuadro de la gárgola seguía sobre mi escritorio, burlándose de mí con sus ojos de piedra y su corona de espinas. Había pasado las últimas horas consumido por una furia fría, analizando cada trazo de Chloe Ross. Creía que con ese lienzo y su huida al amanecer me había ganado, pero ella no entendía que un Blackwood nunca se retira de una mesa donde todavía hay cartas por jugar.
Mantuve la vigilancia. Por supuesto que lo hice. No solo porque el mundo de Miller seguía ahí fuera