Dominic Blackwood
Treinta días. Setecientas veinte horas. Un mes de un silencio tan absoluto que podía escuchar el polvo asentarse sobre los muebles de la mansión. Sin Chloe, este lugar había dejado de ser una fortaleza para convertirse en una tumba de lujo. El taller estaba cerrado, pero el aroma a trementina todavía parecía burlarse de mí en los pasillos, recordándome todo lo que había destruido por una noche que mi cerebro se negaba a devolverme.
No había pruebas. Miller había rastreado cada