Dominic Blackwood
La mansión nunca se había sentido tan fría. El comedor, diseñado para banquetes de reyes, ahora solo albergaba mi sombra y el silencio de un hombre que ha perdido su brújula. El desayuno estaba servido, pero la comida sabía a serrín. Frente a mí, Mia revolvía su café con una expresión que no era de enfado, sino de algo mucho peor: una fatiga absoluta.
—Liam no quiere verte —soltó Mia sin preámbulos, rompiendo el silencio—. Ha prohibido que tu nombre se mencione en el departame