El monasterio estaba sumido en una quietud ominosa. La luz de la linterna de Samantha parpadeaba tenuemente, arrojando sombras distorsionadas sobre las paredes de piedra que parecían moverse al compás de un ritmo desconocido. La sensación de estar siendo observados no desaparecía, y el eco de las palabras del hombre de la librería resonaba en sus mentes. La guerra había comenzado, y ellos eran solo piezas en un juego mucho más grande de lo que jamás habrían imaginado.
Samantha y Alexander se qu