El aire en el monasterio estaba pesado, como si siglos de historia se hubieran concentrado en cada piedra y cada rincón oscuro. Las linternas de Alexander y Samantha iluminaban solo una fracción de lo que parecía un laberinto interminable. A medida que avanzaban, el eco de sus pasos resonaba en las paredes, y la sensación de estar siendo observados no hacía más que intensificarse. Algo en este lugar no encajaba, algo que parecía ir más allá de lo que cualquier historia o leyenda podía explicar.