Victoria ya estaba sentada cuando entramos.
No levantó la mirada de inmediato. No lo necesitó. Bastó con su presencia, con la forma en que ocupaba el espacio como si siempre hubiera pertenecido ahí, para que todo encajara demasiado bien.
El comedor era amplio, sobrio, diseñado para impresionar sin necesidad de exagerar. La mesa, larga, perfectamente dispuesta, ya estaba servida. Cinco lugares.
Cinco.
No tuve que contarlos dos veces.
Daniel estaba de pie junto a una de las sillas, con una copa e