La oficina privada de Otto olía a café recién servido, cuero y ese leve rastro de feromonas que él no podía disimular. Eleni se acomodaba en la silla, envuelta todavía en la chaqueta que él mismo le había puesto. El calor de la tela y el recuerdo de sus manos ajustando los calcetines en sus pies aún la tenían intranquila.
Otto, con una calma calculada, rompió el silencio:
—No te dejaré en la calle —dijo con firmeza, sin rodeos—. Quédate en el mío hasta que todo se solucione.
Eleni, que ya espera