Eleni respiró profundo, todavía con la brisa salada de la playa pegada en la piel, cuando decidió dar un paso dentro.
El umbral de la puerta de Otto parecía un abismo, un límite invisible que marcaba un antes y un después. Apenas cruzó, las feromonas del alfa la golpearon como un manto caliente, sofocante, que se expandía en el aire con una intensidad tan densa que podía casi palparse.
La penumbra del apartamento lo hacía aún más íntimo. Otto cerró la puerta detrás de ella, sin ruido, como si