—No lo sé. Tal vez sí. Tal vez fue por aquella vez… —su voz era ronca, rota—, cuando dormiste en mi apartamento… desde entonces nada es igual aunque lo limpie con una compañia profesional de limpieza. Desde entonces te llevo en la sangre. Y ahora solo tú… solo tú puedes tranquilizarme.
Eleni quedó helada. No puede creer lo vulnerable y expuesto que se ve. Se obligó a tragar saliva, buscando un asidero en la razón, pero el calor del cuerpo de Otto y su confesión se mezclaban con las feromonas de