El murmullo en la iglesia se intensificó cuando la gran puerta de madera se abrió de golpe. Todos los invitados, vestidos de gala y con sonrisas expectantes, se pusieron de pie. Creían que finalmente la novia había llegado.
Pero cuando la silueta de Marina apareció en el umbral, la expectativa se transformó en asombro. Un murmullo inquieto recorrió las bancas.
Benjamín, de pie en el altar, sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda. Su rostro palideció.
—No puede ser… —murmuró, sintiendo