Solo hasta media mañana del día siguiente, Eirin pudo activar el móvil oculto con el que se había estado comunicando con Ethan. Asegurarse de que Orestes no estuviera cerca le había tomado tiempo, y más aún confirmar que ninguna cámara nueva hubiese sido instalada en su habitación. Se sentó en el borde de la cama, con la espalda recta, el cabello recogido de forma descuidada y los ojos clavados en la puerta cerrada. Apretó el botón de encendido y esperó, con el corazón palpitando como si estuvi