Al día siguiente, Eirin después de haber superado con habilidad la mirada escudriñadora de Orestes, a media mañana salió de casa a caminar sola. Sabía que no debía acercarse al bufete, no podía trabajar. Activó el altavoz de su teléfono cifrado y llamó a Ethan.
—Hola —le respondió Ethan—. Estaba pensando en ti.
—Hola —contestó ella y miró a la distancia.
—¿Dónde estás?
—En el parque central, vine a respirar un poco. Me siento asfixiada. Siento que estoy perdiéndome.
—Ven conmigo —le dijo en v