La noche llegó y el interior de la mansión Manchester tenía un eco distinto. Silencioso, peligroso, o así lo estaba sintiendo Eirin. Recorría los pasillos con la firmeza de quien conoce su terreno, aunque en realidad se estaba sintiendo una huésped más dentro de su propia casa. De todo el tiempo que lleva viviendo allí nunca antes se había sentido tan extraña allí dentro.
Vestía un pantalón negro entallado y una blusa de seda borgoña que realzaba el brillo de sus ojos. Llevaba el cabello suelto