Y mientras Ethan sufría y resentía el dolor de la traición y la burla, en otra parte de la ciudad, Orestes veía el mismo video desde su celular, recostado en una poltrona de terciopelo rojo. Tenía una copa de coñac en la mano, y una sonrisa voraz en el rostro.
—Mírate, mi dulce Eirin —susurró, acariciando la pantalla—. Ni siquiera sabes lo que hicimos… pero tu cuerpo aún me reconoce. Ese bastardo ya vio esto. Ahora sabrá que jamás podrás ser completamente suya. Porque tu alma me pertenece. Y tu