La noche era un susurro denso, cargado de secretos. El reloj marcaba las once y cuarenta y tres cuando Eirin cruzó la sala en penumbras con la maleta de mano, el ruido que als ruedas hacían era apenas audible sobre el mármol. Iba vestida con un suéter beige ajustado, jeans oscuros y botines bajos, el cabello recogido en un moño desordenado. Su rostro lucía pálido, pero determinado. En el bolsillo llevaba los billetes justos para pagarle al chofer del taxi que la esperaba afuera y su móvil que a