La suite principal de los Manchester tenía un silencio cargado, como si las paredes ya supieran lo que se avecinaba. Eirin caminaba descalza por el suelo de mármol blanco, con una bata de satén que apenas rozaba sus muslos. El perfume amaderado de Orestes todavía impregnaba el aire, y su cepillo de dientes seguía en el lugar de siempre. Nada había cambiado en apariencia. Pero ella sí había cambiado. Ya no era una mujer atrapada: era una mujer infiltrada.
Mientras el sistema de seguridad le most