El vestido aún colgaba del perchero como un desafío. Había escogido el indicado, seda negra, espalda descubierta, detalles de pedrería mínimos, pero letales. Eirin lo observó durante más de diez minutos sin moverse, como si su sola presencia pudiera cambiar lo que sabía que debía hacer.
No era vanidad lo que la empujaba a asistir a la gala benéfica del Círculo de Jurisprudencia Empresarial. Era una estrategia. Una forma de respirar el aire del enemigo, de oler sus intenciones, de mirar a los oj