En la sala de la casa donde se resguardaba, Orestes, el hombre que había controlado tantas vidas, que había manipulado los hilos del poder con una frialdad despiadada, ahora se encontraba sentado en una silla metálica, con su rostro impasible, como si nada de lo que estaba ocurriendo tuviera la más mínima relevancia para él. Sin embargo, dentro de su mente, un tumulto de pensamientos y emociones se desataban. La ira, la rabia, la impotencia… Todo eso lo carcomía desde dentro.
El sonido del relo