El aire era denso en la cabaña custodiada por dos agentes del cuerpo policial, rodeada por árboles altos y un silencio tenso que no lograba apaciguar la inquietud en el pecho de Ethan. El médico, un hombre robusto de rostro serio y palabras escuetas, revisaba a Eirin bajo la luz tenue de una lámpara portátil. Ella estaba recostada sobre una manta de lana, con la mirada fija en algún punto del techo como si su mente no quisiera regresar todavía.
—Físicamente está bien. Un poco de fatiga, algo de