El silencio que prosiguió en toda la casa era denso, cargado de una tensión que parecía haberse materializado tras el enfrentamiento. Ethan, aún tembloroso por la descarga de adrenalina, permaneció frente a la ventana, mirando hacia el horizonte mientras la lluvia continuaba golpeando los cristales. En su mente, las piezas comenzaban a encajar lentamente, pero no sentía alivio. Al contrario, el peso de la situación lo aplastaba aún más.
Orestes había caído, sí, pero Eirin estaba al otro lado de