Capítulo 10. La firma del contrato.
Las palabras de Nicolás Altamirano resonaron en el hermético espacio del ascensor, densas, pesadas y revestidas de un filo irrevocable.
Rebotaron contra los paneles de espejo y se incrustaron en el pecho de Emma, robándole el poco oxígeno que le quedaba.
Un matrimonio legal, un contrato y un hijo.
Emma retrocedió por instinto hasta chocar contra pared de cristal.
Lo miró fijamente, escudriñando su rostro estoico en busca de alguna señal que delatara que todo era un juego de poder.
Sin embargo,