Mientras tanto, cerca de la gran escalinata, Mía Ferrer observaba a Julián. Lo hacía con esa mezcla de admiración y dolor que la acompañaba desde los diez años. Julián, con su porte seguro y su mirada siempre atenta a la seguridad de Leo, era el mejor amigo de su hermano, el confidente de la familia... y el dueño absoluto de los suspiros de Mía.
Julián se giró y, por un segundo, sus miradas se cruzaron. Él le dedicó una pequeña inclinación de cabeza, profesional y cercana a la vez.
“Estás espec