El sol de la mañana se filtraba por las cortinas automáticas, pero Valeria no se despertó por la luz. Se despertó por el calor.
Estaba atrapada en algo sólido, cálido y firme. Su cabeza no estaba en la almohada, sino sobre un pecho duro que subía y bajaba rítmicamente. Una pierna pesada estaba entrelazada con las suyas, inmovilizándola, y un brazo fuerte rodeaba su cintura con una posesividad absoluta, manteniéndola pegada contra un cuerpo masculino.
Valeria parpadeó, confundida, su mente luchando por salir de la niebla del sueño. El aroma a sándalo y piel limpia llenó sus sentidos.
Leo.
El pánico la golpeó, pero su cuerpo se negó a moverse. Se sentía... en casa. El "California King" de dos metros de ancho se había reducido a treinta centímetros de espacio compartido. Durante la noche, ambos habían ignorado la línea divisoria. Leo, el hombre que controlaba cada variable de su vida, la estaba abrazando como si fuera lo único que lo mantenía anclado a la tierra.
Valeria intentó deslizar