Llegaron a su destino cuando el sol comenzaba a teñir el cielo de un naranja encendido. La casa, conocida en la familia como "La Atalaya", no era una mansión ostentosa de las que suelen poblar la Costa Blanca. Era una joya de arquitectura orgánica, construida directamente sobre un acantilado de piedra caliza que se hundía verticalmente en el mar. Paredes de cal blanca, techos de teja envejecida y grandes cristaleras que hacían que el salón pareciera flotar sobre las olas.
“Juliette compró este