El viaje de regreso a Madrid no tuvo nada que ver con el descenso idílico hacia la costa. Si antes el coche era un refugio, ahora se sentía como una cápsula de guerra. El motor del deportivo de Leo rugía con una urgencia metálica, devorando el asfalto mientras el cielo se tornaba de un gris plomizo al acercarse a la capital. Valeria observaba el perfil de Leo; su mandíbula estaba tan apretada que parecía tallada en granito. Ya no era el amante relajado de la cala privada; volvía a ser el CEO, e