La mansión de la playa de la familia no era una casa de vacaciones; era un palacio de cristal y madera blanca frente al océano. Al llegar el sábado, Valeria sintió que el estómago se le encogía. El lujo era abrumador, un recordatorio constante de la brecha que la separaba de Leo.
Leo, al notar su tensión al bajar del auto, le tomó la mano. No fue un gesto romántico abierto, sino un gesto posesivo, un ancla.
Leo le dice en voz baja, "Respira. Es solo una casa grande con demasiada arena. Y tú eres mi invitada de honor. Si alguien te mira mal, me lo dices y los echo al mar. "No puedes echar a tu familia al mar, Leo. "Pruébame."
Entraron en la fiesta, que ya estaba en pleno apogeo en la inmensa terraza. Había gente rica, música suave y camareros con champán.
Mía apareció de inmediato, radiante, y tomó el otro brazo de Valeria, rescatándola de las miradas curiosas.
"¡Llegaron! Vengan, la Reina Madre está en su trono y exige ver a la mujer que logró que Leo usara un color que no fuera az