La mansión de la playa de la familia no era una casa de vacaciones; era un palacio de cristal y madera blanca frente al océano. Al llegar el sábado, Valeria sintió que el estómago se le encogía. El lujo era abrumador, un recordatorio constante de la brecha que la separaba de Leo.
Leo, al notar su tensión al bajar del auto, le tomó la mano. No fue un gesto romántico abierto, sino un gesto posesivo, un ancla.
Leo le dice en voz baja, "Respira. Es solo una casa grande con demasiada arena. Y tú e