La construcción en Mónaco avanzaba, pero el terreno seguía siendo un dolor de cabeza. Mía estaba en el borde del acantilado, analizando cómo la estructura de cristal debía anclarse a la gruta submarina. Julián se acercó, esta vez sin lecciones magistrales, simplemente con un café y una mirada experta.
—Mía, si usamos el anclaje de tensión que diseñaste, la vibración del mar en la cueva podría generar una resonancia molesta en los dormitorios —comentó Julián, señalando el plano con calma—. No es