El despacho privado de la residencia Ferrer no se parecía en nada a las oficinas acristaladas de Selene Global. Aquí, el aire olía a madera de cedro, a libros antiguos y a un poder que no necesitaba de luces de neón para hacerse notar. Era el territorio de Luna Ferrer, una mujer que había aprendido a sonreír mientras desarmaba a sus enemigos con una sola frase bien colocada.
Valeria entró en la habitación sintiendo el peso de la alfombra persa bajo sus pies. A pesar de la tormenta digital que r