CAPÍTULO 120. El peso de la balanza.

Capítulo 120

El peso de la balanza.

El aviso en rojo volvía a clavarse en la pantalla. Diego lo borró una, dos, tres veces; al cabo de unos segundos reaparecía como un ojo que no se cansa de mirar. Cada vez que el mensaje insistía —la línea fría, la orden sobria—, la casa parecía encogerse un centímetro cada vez más.

La cúpula de la mansión Herrera dejaba de ser un refugio y se transformaba en una caja acústica que amplificaba cada sonido: el zumbido del aire acondicionado, el tictac del reloj de pared en la sala contigua, el latido demasiado vivo de su pecho.

Los pasos que creía oír en la escalera no eran simplemente su imaginación, alguien subía y bajaba, abriendo puertas en las plantas vecinas de la casa.

El celular vibrando sobre la mesa lo sacó de su trance y justo cuando Diego lo tomaba para atender la llamada que aparecía en la pantalla, la línea se cortaba apenas desliza el dedo.

Llamadas que no suenan, mensajes que vuelven. Era como si una mano invisible juguetease con sus
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