CAPÍTULO 119. La grieta del linaje.

Capítulo 119

La grieta del linaje.

La noche no había terminado para ninguno de los dos. En la prisión, las lámparas fluorescentes brindaban una luz fría que hacía relucir la sangre seca en los nudillos de Carlos Herrera.

Afuera, en la mansión Herrera, la oscuridad era una sábana que Diego intentaba rasgar con los dedos, buscando un hueco por donde huir.

Las escenas se abrieron en paralelo, como dos espejos distorsionados que anticipaban un choque.

En el módulo de custodia de la comisaría, la tensión había creado un rumor constante: el nombre de Carlos corría como gasolina entre las celdas. Él clavó la vista en la puerta hasta que un funcionario, con gesto contraído, le informó que debía calmarse. Carlos, aún con la piel de las manos reventada, golpeó la reja una vez, otra, hasta que la voz le quedó ronca.

—¡Quiero ver a Diego! —gritó con violencia—. Digan que lo traigan. Que lo pongan en mi frente si hace falta. ¡Que venga!

Los guardias intercambiaron miradas incómodas; no era fácil
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