—Lyra, ¿ya no hay más reuniones programadas? —preguntó Raffael. Eran las dos de la tarde.
—Así es, señor. Todo ha terminado —respondió Lyra.
—Perfecto, no hace falta que volvamos a la oficina. Pero debes acompañarme a mi casa. Continuaremos nuestro trabajo en mi estudio, además quiero mostrarte algo.
Degh.
El corazón de Lyra pareció detenerse de golpe.
Jamás imaginó que tendría la oportunidad de entrar tan pronto en la residencia de la familia Marino.
Una casa que siempre había despertado su cu