El sonido de los tacones resonó sobre el mármol del despacho de Isabella. La mujer estaba de espaldas a la puerta, mirando hacia la oscuridad exterior con ojos afilados, como si pudiera atravesar la noche iluminada por relámpagos.
—Marco —su voz era plana, pero vibraba con ira.
El hombre de traje negro que se encontraba en el umbral bajó la mirada hacia ella.
Isabella se giró lentamente. Su rostro era frío, sus ojos entrecerrados.
—¿Y Raffael? ¿Has encontrado dónde vive ese hombre?
—Está con