Las sirenas de la policía se acercaban cada vez más. Las luces rojas y azules atravesaban la cortina de lluvia, danzando sobre las paredes de la vieja casa ahora hecha trizas. Raffael observaba a Adrián, tendido en el suelo, con sangre escurriendo por la comisura de sus labios. Aun así, el hombre reía en voz baja —una risa que erizaba la piel de cualquiera.
—Llévense a ese hombre —ordenó Raffael con voz helada a dos de los hombres de Antonio. De inmediato, arrastraron a Adrián, que seguía sonri