El cielo de aquella tarde estaba nublado cuando Lyra salió apresuradamente del apartamento. Su respiración era agitada y sus dedos temblaban mientras aún sostenía el teléfono contra su oído. La voz de la tía Sophia al otro lado se escuchaba cada vez más débil.
—¡Tía, espera! ¡Voy para allá ahora mismo! ¡No cuelgues! —gritó Lyra con desesperación, deteniendo el primer taxi que pasó.
El conductor la miró por el retrovisor.
—¿A dónde, señorita?
—¡A la zona de Linden Street, número 42! ¡Rápido, p