—¡Suéltame! —gritó Lyra mientras pateaba la pierna de uno de los hombres. Pero su brazo fue torcido hacia atrás, haciéndola gemir de dolor.
Adrián observaba la escena con rostro impasible, como si lo que tenía delante no fuera una persona, sino un objeto sin valor.
—Siempre has sido terca, Lyra. Pero eso es precisamente lo que me atrae de ti —dijo en voz baja, con un tono frío como el veneno.
Lyra lo miró con furia.
—¡Estás loco! ¿Dónde está la tía Sofía? ¡Dime dónde está esa mujer!
Adrián