Serás mía.

Maksim se quedó allí, escuchándola con una atención que nunca había dedicado a nadie. Katya le hablaba de cada postre con una pasión que le iluminaba los ojos: le explicaba cómo equilibraba la dulzura de la miel con el toque ácido de los arándanos, cómo la masa crujiente se fundía con la crema suave, y acompañaba sus palabras con gestos suaves de las manos. Cada bocado era una explosión de sabores, pero lo que realmente le sabía a gloria era su voz, la forma en que se inclinaba hacia él sin rastro de miedo ni fingimiento. Quería quedarse toda la noche, pero sabía que debía volver. Dejó una propina generosa, le dio las gracias con una sonrisa que rara vez mostraba, y se alejó despacio rogando que nadie haya notado la erección que la voz de Katya despertó.

—¿Viste cómo te miraba? —le dijo Rossana entre risas—. Ese hombre no vino por los postres, vino por ti.

—Estás exagerando —respondió Katya sonrojándose, aunque no pudo evitar mirar hacia donde él se alejaba.

Al llegar a su mesa, Kirill y Ruslan lo miraron extrañados.

—¿Qué pasó? —preguntó su hermano—. Parece que te ha cambiado la cara.

—He encontrado a la mujer de mi vida —confesó Maksim sin dudar—. La que será mi esposa, mi compañera, la que estará a mi lado cuando tome el mando. Cumpliré mi promesa a madre.

—¿Quién es? —se interesó Ruslan.

—La chica de la mesa de los postres —señaló con la mirada—. Castaña, ojos grises... hermosa como ninguna. Y será mía, cueste lo que cueste.

Solo de imaginarla junto a otro, sintió que se le clavaba un cuchillo en el pecho.

—Hazlo bien, hermano —le aconsejó Kirill con seriedad—. No puedes obligarla. Nada que se consiga por la fuerza dura. Necesitas que ella elija estar contigo.

El evento siguió su curso, y al terminar, la familia Bieri fue la primera en recoger. La organizadora se acercó con una sonrisa amplia y les entregó el cheque.

—Han sido un éxito —les dijo—. Tienen propuestas para dos eventos más la próxima semana, y muchos preguntaron por su servicio a domicilio.

Mientras cargaban las cajas, aparecieron Ruslan y tres hombres más.

—Vamos a ayudarles —dijo él con amabilidad.

—No hace falta, podemos solos —intentó detenerlos Walter.

—Insistimos —respondió Ruslan, y su tono dejó claro que no aceptaban un no.

Cuando todo estuvo listo y Katya iba a subir al vehículo, Maksim se acercó a ella.

—Gracias por los sabores que me has mostrado —le dijo—. No olvidaré esa experiencia.

—Fue un placer —respondió ella, entregándole una tarjeta de la cafetería—. Aquí tiene nuestros datos, por si necesita nuestros servicios.

Él la tomó, rozando sus dedos por un instante, y sonrió de nuevo. Se despidieron, y en cuanto los Bieri se fueron, Maksim se giró a su amigo.

—Ruslan: investiga todo sobre la familia Bieri. Quiero saberlo absolutamente todo.

Esa noche Katya llegó cansada a casa. Organizaron todo y se fueron a descansar, pero al cerrar los ojos, no podía apartar de su mente al hombre alto de ojos verdes y acento ruso.

A la mañana siguiente, Ruslan le entregó el informe completo. Maksim lo leyó con atención: los Bieri llevaban treinta años en Suiza, su único hijo y su esposa habían muerto en un accidente, dejando a la pequeña Katya de ocho años a su cargo. Ahora ella cursaba el último semestre de Gestión de Negocios Gastronómicos, era muy unida a Rossana... y llevaba dos años de noviazgo con un tal Peter. Al leer su nombre, la mandíbula de Maksim se tensó.

—Investiga a ese Peter —ordenó sin levantar la vista—. Todo lo que hace, con quién se relaciona, hasta el último detalle.

Sacó la tarjeta que ella le había dado, acarició su nombre impreso y marcó al gerente.

—Klaus —dijo con voz firme—. Llama a "El rincón dulce". Pide un pedido de postres para la suite presidencial, y exige que la entrega la haga personalmente la señorita Katya Bieri. No aceptes negativas.

Minutos después, Simone atendía la llamada.

—Claro que sí, anotamos todo —decía ella—. Katya aún no ha llegado de la universidad, pero en cuanto llegue se lo enviamos.

—Perfecto —respondió el gerente—. Es un cliente muy importante, así que esperamos que llegue pronto.

Al colgar, Simone le contó a Walter y ambos sonrieron: era un pedido grande y bien pagado.

Cuando Katya llegó con Rossana, almorzaron rápido y prepararon todo. Al terminar, Katya tomó las dos cajas y se dirigió al hotel. El guardia le abrió la puerta de inmediato. En recepción le indicaron que subiera a la suite presidencial y le dieron el código. Mientras subía, sintió un cosquilleo en el estómago: nervios y expectación que no lograba explicar.

Al salir al pasillo, varios hombres vestidos de negro la dejaron pasar sin preguntar. Llegó a la puerta más grande, marcó el código y entró. La habitación era inmensa, lujosa, con ventanales enormes. Y en el centro, esperándola, estaba él: alto, imponente, con esos ojos verdes que parecían verla hasta el alma.

—Buenas tardes —saludó ella con respeto, acercándose—. Traigo el pedido. ¿Dónde lo coloco?

—Buenas tardes —respondió él, señalando una mesa cerca de la ventana—. Allí, por favor. Ya hemos hecho la transferencia completa.

—Muchas gracias —dijo ella dejando las cajas con cuidado—. Espero que sea de su agrado. Si necesita algo más, solo tiene que llamar. Que tenga buen día.

Se giró para irse, pero antes de dar dos pasos, él se interpuso en su camino. Su figura bloqueó la salida, y de pronto Katya respiró hondo: un aroma masculino, intenso y cálido la envolvió por completo, dejándola sin aliento. Estaba tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo.

—¿Qué necesita, señor? —preguntó ella con voz que apenas audible.

Maksim la miró directo a los ojos, sin parpadear.

—Una esposa —dijo con firmeza absoluta.

Katya parpadeó, confundida.

—Yo no vendo esposas, señor —respondió, sin retroceder.

—No te compro —replicó él dando un paso más cerca—. Te elijo. Quiero que tú seas mi esposa, Katya Bieri.

Esas palabras la golpearon con más fuerza que cualquier grito. Lo miró asombrada, pero no bajó la mirada.

—No puedo —dijo con claridad—. Tengo novio.

—Entonces lo vas a dejar —sentenció él, sin dudar—. Porque tu novio ahora soy yo.

Al escucharlo, un escalofrío le recorrió la espalda. Miedo había, sí... pero también algo más: una sensación extraña, cálida y desconocida que le invadió el vientre de golpe.

—No importa lo que deba hacer —añadió Maksim con voz profunda y segura—, serás mía. Necesito una esposa para tomar el mando de mi familia, y mi cuerpo y mi corazón te escogieron a ti.

—Está loco —susurró ella, dándose la vuelta para huir.

—Sí —respondió él, y su voz la detuvo en seco—. Estoy loco por ti. Y vayas a donde vayas, te encontraré. Y te convertirás en mi esposa, quieras o no.

Katya salió corriendo, con el corazón a punto de estallar. Pero mientras bajaba en el ascensor, no pudo imagunar una verdad aterradora: Maksim Dragunov no era un hombre que soltaba lo que quería. Y ella acababa de llamar la atención del monstruo más peligroso de todos.

 

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