El puerto de Kronstadt olía a sal, aceite y pólvora guardada. Bajo la luz fría de las farolas, decenas de cajas de metal pesado eran trasladadas con precisión: armas de alto calibre, munición y equipo de guerra, el negocio más importante del año para la organización Dragunov. En el centro de todo, Olga Dragunova permanecía erguida, con su larga trenza rubia cayendo sobre el abrigo negro, sus ojos verdes escrutando cada movimiento con la frialdad de quien ha gobernado toda su vida. A su lado, Aleksandr Dragunov la superaba en altura y fuerza; cabello oscuro como la noche, ojos azules tan duros como el acero que manejaban, con una mano apoyada en el hombro de su esposa y la otra cerca de su arma. Los representantes de la familia Meier, los compradores suizos, contaban el dinero sin prisa pero sin pausa. Cuando terminaron, asintieron, se despidieron y sus vehículos se alejaron entre la niebla. —Todo listo —dijo Aleksandr, y su voz retumbó como un trueno lejano—. Regresamos a casa. Ape
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