La mentira entre las manos.

Ya eran las diez de la noche cuando Katya guardó el último plato. La calle estaba oscura, solo iluminada por farolas y nieve que caía despacio. Se quitó el delantal y sonrió a sus abuelos y a Rossana.

—Voy a ver a Peter un rato. No tardaré.

Walter miró el reloj y frunció el ceño.

—Son las diez, niña. Es tarde y hace mucho frío.

—Tranquilo, abuelo —le dio un beso—. Solo hablamos y vuelvo. Te lo prometo.

Simone le acarició la mejilla.

—Ve con cuidado. Y no te quedes hasta tarde.

Salieron juntas. Caminaron en silencio hasta la casa de Peter. Rossana abrió la puerta sin hacer ruido, pero apenas entraron, oyeron cajones cerrarse y pasos apresurados.

—Iré a mi habitación —dijo Rossana y se apartó.

Peter estaba de espaldas, metiendo papeles en una carpeta con manos temblorosas. Al oírla, se giró de golpe, pálido.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, guardando la carpeta.

—Vine a ver a mi novio ya que al parecer él me olvidó —dijo ella, dolida—. ¿Qué haces?

—Nada... Organizaba documentos importantes —recuperó la compostura—. Y no he ido a verte porque he estado ocupado. Además, estoy cansado de que tu abuelo nunca me ha mire bien. Como si no fuera digno de ti.

—No le hagas caso —dijo ella cuando la tomó entre sus brazos—. Solo se preocupa por mí.

Peter la besó con una intensidad que la tomó por sorpresa. Al separarse, ella puso una mano en su pecho.

—Últimamente casi no nos vemos. Siento que te alejas.

—Es el trabajo —acarició su mejilla—. Pero tengo una noticia: me ofrecieron un puesto mucho mejor. Más dinero, más futuro.

—¿De verdad? —sus ojos brillaron—. ¡Entonces sí podremos juntar lo que nos falta para casarnos!

—Exacto —asintió él—. Pero el trabajo es en Winterthur. Tengo que mudarme. Y quiero que vengas conmigo.

Ella mordió el labio, indecisa.

—No puedo irme así nomás. Ayudo a mis abuelos en la cafetería y estoy por terminar la universidad. No puedo abandonarlos ahora.

—La universidad no es problema —insistió—. En el tren llegarías en veinte minutos o yo te traigo. Tus abuelos pueden contratar a alguien. No puedes quedarte atada a ellos para siempre, Katya. Piensa en nosotros.

—Lo pensaré —dijo ella—. Hablaré con ellos y te respondo después del evento del hotel. ¿De acuerdo?

Peter la besó de nuevo, más profundo. Sus manos recorrieron su cintura y ella sintió el deseo subirle por el cuerpo. Pero él se detuvo.

—¿Por qué? —preguntó ella con frustración.

—Quiero que sea perfecto —respondió—. Cuando vivamos juntos, entonces sí. Te lo prometo.

Siempre lo mismo. Katya suspiró.

—Está bien. Me voy.

—Te acompaño —tomó su mano—. Te quiero, Katya. Solo quiero lo mejor para ti.

Mientras caminaban hacia casa de los Bieri, al otro lado de la ciudad, varios autos negros llegaron al Hotel Edelweiss. Klaus Steiner, el gerente, los esperaba en la entrada.

—Bienvenidos —dijo con respeto—. La suite presidencial está lista y la seguridad confirmada.

Maksim bajó del vehículo: alto, imponente, serio. Kirill y Ruslan iban tras él. Subieron a la suite y Klaus les sirvió coñac.

—En dos días tenemos una gala importante —comentó Klaus—. Reunirá a las familias más ricas de Suiza.

Maksim asintió sin mucho interés. Klaus se retiró y entonces entró una camarera sin llamar. Se acercó a él bajándose el escote.

—¿Necesita algo más, señor? —rozó su brazo.

Maksim se apartó de golpe. Su mirada se volvió hielo. Marcó un número.

—Klaus —dijo con voz tranquila pero mortal—. Despide a esta camarera ahora mismo. Y si vuelve a ocurrir, sabes las consecuencias.

Colgó y miró por la ventana. No sabía que esa misma noche, la chica que cambiaría su destino acababa de despedirse de una mentira.

 

Al día siguiente, Maksim, Kirill y Ruslan se reunieron con los hermanos Meier en sus oficinas. Hans, el mayor, puso una mano en su hombro.

—Todavía no podemos creer lo de tu padre —dijo con tristeza—. Era un hombre íntegro. Y nos duele lo de tu madre.

—Gracias —respondió Maksim—. Haremos honor a su memoria.

Hablaron horas de rutas, inversiones y ganancias. Kirill revisaba cada dato. Luego pasaron al comedor. Al terminar, Hans hizo una seña y entraron seis mujeres hermosas y elegantes.

—Un regalo de bienvenida —sonrió—. Elige las que quieras, Maksim.

Maksim no las miró ni un segundo.

—No estoy interesado. No es lo que es mío.

—Yo sí acepto —dijo Kirill riendo, tomando la mano de una de ellas.

Más tarde, ya en el hotel, Ruslan colgó una llamada y su rostro se ensombreció.

—Nada —dijo—. Ni rastro de la hija de Morozov. Dieciséis años y nada.

Maksim golpeó la mesa con el puño. El vaso se hizo añicos. Sus ojos brillaron de furia.

—Siete días —gruñó—. Si no tienen un nombre, una pista, lo que sea... los haré desear no haber nacido.

 

Llegó el día de la gala. Los Bieri cargaron las cajas en la camioneta: tartas, macarons, aperitivos. Habían contratado ayudantes para la cafetería. Katya daba instrucciones con seguridad. Rossana miraba el hotel enorme con los ojos muy abiertos.

—Jamás creí que llegaríamos aquí —dijo emocionada.

—Lo lograremos porque hacemos las cosas bien —respondió Katya—. Esta es nuestra oportunidad.

La jefa los guió hasta el gran salón. Montaron su mesa con manteles blancos y bandejas de plata. Pronto el salón se llenó. Y entonces entraron los Dragunov. Todos se apartaban a su paso. Maksim caminaba al frente, observándolo todo con calma vigilante.

Más tarde, Ruslan se acercó a su mesa. Probó una tarta de miel y frutos secos y sonrió.

—Es deliciosa —dijo—. Empláteme tres porciones para llevar al salón.

—Rossana, acompáñalo —pidió Simone.

Al llegar a la mesa de los Dragunov, Kirill miró a Rossana unos segundos más de lo necesario. Ella bajó la mirada, sonrojada, y volvió rápido.

—Son imponentes —le susurró a Katya—. Tienen un acento ruso muy marcado.

Maksim, que loco comía dulce quedó con ganas de más.

—Muéstrame dónde están —dijo a Ruslan.

Caminó decidido hacia la mesa que me indicó su amigo. Al levantar la vista, el mundo se detuvo.

Allí estaba ella: cabello castaño claro recogido, ojos grises suaves pero firmes, rostro dulce y sereno. El corazón le dio un vuelco tan fuerte que casi se le olvidó respirar. Esta es, pensó con certeza absoluta. Esta será mi esposa. Una mezcla de deseo y anhelo lo invadió.

Walter se acercó.

—¿Qué desea, señor?

Maksim no le quitó la vista a Katya.

—Quiero que ella me atienda —dijo con voz grave, mirando a Katya—. Muéstrame todo lo que tienes. Y dime cuál recomiendas.

Katya sintió cada pelo de su cuerpo erizarse. Lo miró: alto, fuerte, ojos verdes que la atravesaban. Algo en él le gritaba peligro. Pero su corazón latía como nunca antes.

—Claro que sí —respondió con voz suave y firme—. Permítame mostrarle.

Y esa voz dulce, suave y valiente... terminó de condenar a Maksim para siempre. Mientras ella le hablaba de sabores y recetas, Maksim solo pensaba una cosa: no importaba quién fuera ni de dónde viniera. La quería a ella. Y nadie se lo impediría.

 

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