El precio del mando.

Maksim cruzó el pasillo de suelos de mármol oscuro, su paso silencioso y firme, el mismo que hacía retroceder a hombres armados sin necesidad de disparar. Al empujar la puerta de la habitación principal, la enfermera se encogió de inmediato, bajando la mirada hasta el suelo como si él fuera una tormenta a punto de desatarse. No dijo nada, solo se apartó contra la pared para dejarlo pasar.

Al lado de la cama, el doctor de cabecera terminaba de guardar sus instrumentos en un maletín de cuero. Ekaterina y Daria, sus hermanas, permanecían sentadas en un rincón, abrazadas, con los ojos hinchados de llanto. Olga Dragunova yacía entre las sábanas de seda, su piel pálida como la nieve de las montañas, pero sus ojos verdes conservaban todo el fuego de quien ha gobernado sin piedad durante décadas.

El doctor cerró el maletín con un golpe seco y se giró hacia él, con la voz baja y respetuosa.

—Señor... la enfermedad avanza más rápido de lo que podíamos prever. Los órganos empiezan a fallar. No le queda más de un par de meses o quizás menos.

Un sollozo escapó de los labios de Daria. Ekaterina apretó la mano de su hermana, pero no pudo contener las lágrimas que le recorrían las mejillas. Maksim no se movió, no lloró: solo apretó la mandíbula con tanta fuerza que le crujieron los huesos, y sus puños se cerraron a los costados. Sentía el ardor familiar en la marca que tenía grabada en las costillas, el recuerdo de su único fallo.

—Ya está bien —dijo Olga, con una voz débil pero que todavía imponía silencio—. No lloren por mí. Solo voy a reunirme con Aleksandr. Al fin dejaré de estar sola.

El doctor asintió, dio las últimas instrucciones sobre las dosis y los cuidados, hizo una reverencia profunda y salió junto a la enfermera, cerrando la puerta tras de sí.

—Acercate, hijo —ordenó Olga.

Maksim obedeció. Se sentó en el borde de la cama, tomó las manos delgadas y frías de su madre entre las suyas, y las besó con toda la reverencia que solo ella se merecía.

—Me falta muy poco para partir —continuó ella, acariciando su cabello negro—. Y antes de irme, debo entregarte el mando. Tú serás el nuevo jefe de la organización Dragunov.

—Lo haré, madre —respondió él, firme y sin dudar—. Sabes que vivo por esta familia y por la organización. No te fallaré en el mando.

—Lo sé —suspiró ella, y sus ojos se nublaron un instante—. Solo una vez me fallaste.

El ardor en sus costillas se volvió fuego vivo. Maksim apretó los dientes

—Lo sé. Y no he dejado de buscarlo. Ese error que respira sigue suelto, pero te lo juro por la memoria de mi padre y por mi propia vida: lo encontraré. Y cuando lo haga, haré que pague cada segundo de dolor, cada lágrima que derramaste. La hija del traidor morirá de la forma más lenta y dolorosa que exista.

Olga asintió satisfecha; incluso al borde de la muerte, no perdía ni un ápice de su autoridad.

—Eso espero. Pero hay algo más urgente. Para entregarte el mando completo, necesitas una esposa.

El silencio que siguió fue absoluto. Ekaterina y Daria jadearon de la sorpresa, mirándose entre ellas.

—¿Una esposa? —repitió Maksim, frunciendo el ceño—. Madre, yo puedo dirigir la organización, tomar decisiones, liderar a nuestros hombres sin necesidad de nadie más. No necesito una mujer para cumplir mi deber.

—Necesitas una ayuda idónea —lo corrigió ella tajante—. Un líder no está solo. Necesitas alguien que esté a tu lado, que entienda nuestras reglas, que no te traicione. Y yo quiero verla antes de cerrar los ojos.

—Pero no tengo pareja —reconoció él, con sinceridad—. No soy como los otros jefes que cambian de mujer cada noche. No me dejo tocar por cualquiera. No soporto la falsedad, ni la traición, ni compartir lo que es mío. Solo he tenido dos relaciones serias: la primera terminó porque queríamos caminos distintos... la segunda —una sombra cruzó su mirada—, la segunda acabó cuando la encontré en la cama con uno de mis guardias. Los maté a ambos sin dudarlo un segundo. Aquí la traición se paga con sangre, y no aceptaré a nadie que no sea fiel hasta la muerte.

—Entonces búscala —insistió Olga, apretándole la mano con la poca fuerza que le quedaba—. Búscala donde sea, tráela aquí, cásate con ella antes de que yo muera. Esa es mi última voluntad. ¿Me lo juras?

Maksim la miró a los ojos, y supo que no había negociación.

—Te lo juro, madre. Me casaré.

—Bien —suspiró ella, recostándose en las almohadas—. Ahora salgan los tres. Necesito descansar.

Al salir al pasillo, Daria y Ekaterina se abrazaron a su pecho.

—Se nos va a ir mamá, también —susurró Ekaterina.

—¿Cómo vas a encontrar una esposa en tan poco tiempo, Maksim?

Él les acarició la cabeza a ambas, tratando de calmar su propia furia.

—La muerte es parte de la ley de la vida, hermanas. No lloren. Y cumpliré lo que prometí. —Pero por dentro, la rabia le quemaba las venas: su madre estaba al borde de la tumba, por culpa de Pavel Morozov, y su hija seguía respirando en algún lugar del mundo. No descansaría hasta borrarla de la faz de la tierra.

Horas más tarde, Maksim estaba en su despacho: un espacio amplio, con paredes de madera oscura, estanterías llenas de libros y mapas, y un gran escritorio de caoba donde descansaba su pistola y una foto de su padre. Allí lo esperaban Kirill, su hermano segundo al mando, y Ruslan Vasiliev, su mejor amigo y el hombre en el que confiaría su propia vida.

—Los contactos de Suiza confirmaron todo —dijo Kirill, dejando unos documentos sobre la mesa—. El cargamento de tecnología militar está listo. Viajamos pasado mañana.

—Perfecto —asintió Maksim, mirando por la ventana los terrenos nevados de la mansión—. Pero hay algo más. Madre me dio una orden adicional. Debo casarme antes de que ella muera para tomar el mando.

Ruslan soltó una risa corta, pero se calló al ver la expresión de su amigo.

—¿En serio? ¿Te pide eso ahora?

—Es su última voluntad —respondió Maksim, pasándose una mano por el cabello negro—. No tengo opción.

—Entonces la encontraremos —dijo Kirill sin dudar—. Vamos a Suiza, quizás allí encuentres a la mujer que necesites. Nadie te va a decir que no, y nadie se atreverá a traicionarte. Estaremos contigo en cada paso.

Maksim asintió, pero su mirada se perdió en la oscuridad del jardín. No sabía aún que en esas calles nevadas de Zúrich, el destino tenía preparado un encuentro que cambiaría todo: la mujer que estaba a punto de buscar para salvar su puesto era la única que podía destruirlo para siempre.

Y esa misma tarde, en la pequeña cafetería "El rincón dulce", Katya Bieri guardaba los últimos platos, sin saber que su vida estaba a punto de chocar contra la suya, como dos trenes a toda velocidad, sin frenos ni vuelta atrás.

 

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