Mundo ficciónIniciar sesiónDieciséis años después.
La nieve cubría las calles de Zúrich con un manto blanco y silencioso. Un mundo lejos del polvo y la sangre de Vysokoye, donde Katya Bieri había construido una vida que sentía suya, pero que nunca terminaba de encajar del todo. A las seis de la mañana, se despertó con el corazón golpeándole las costillas como un pájaro asustado. Otra vez la misma pesadilla: sombras alargadas que se movían entre la niebla, gritos que no lograba distinguir, el rugido sordo de una tormenta y un dolor agudo en todo el cuerpo, como si algo la hubiera golpeado con fuerza. Se sentó en la cama, se pasó las manos por su cabello castaño claro y suspiró. No había rostros, no había nombres: solo miedo. Respiró profundo, fue al baño, se lavó los dientes y el rostro. Bajó a la cocina, donde Simone, su abuela, ya preparaba los ingredientes para los postres y Walter preparaba café con ese olor fuerte y reconfortante que siempre la calmaba. —¿Otra vez soñaste? —preguntó la anciana sin levantar la vista, aunque su voz se volvió más suave. —Sí. Lo mismo —respondió Katya, apoyando la frente en el hombro de la mujer que la había criado—. Solo ruido y oscuridad. Walter le acarició la espalda con su mano un poco rugosa. —Fue el accidente, niña. El golpe te dejó recuerdos confusos. No le des vueltas, no son más que fantasmas sin nombre. Katya asintió, pero la duda se quedó clavada en el pecho. Lo decían siempre. Ese día, las clases en la universidad se sintieron interminables. Estaba cursando el último semestre de Gestión de Negocios Gastronómicos, una carrera que había elegido pensando en ampliar y fortalecer el emprendimiento de sus abuelos. Cuando salió, Rossana la esperaba en la puerta, envuelta en su abrigo rojo brillante, con una sonrisa que iluminaba todo el pasillo. Caminaron juntas hacia el barrio antiguo, donde quedaba la pequeña cafetería de los Bieri. —¿Cómo estuvo la clase de planificación estratégica para pequeños emprendimientos? —preguntó Rossana, dándole un empujón suave al hombro. —Interminable —se rió Katya—. Pero por fin entendí cómo organizar mejor los pedidos y los costos para no perder ni un céntimo en la cafetería. Ya falta muy poco para graduarme. ¿Y tú con tu tarea de contabilidad? —Una pesadilla, pero ya la terminé —su amiga se detuvo un instante y la miró de reojo—. Te vi la cara al salir. ¿Otra vez la pesadilla? Katya asintió, y Rossana le apretó la mano con fuerza. —¿Y tus abuelos? ¿Siguieron sin decirte nada más? —Lo de siempre: que es el trauma del accidente, que olvide esas imágenes. —Katya encogió los hombros, aunque la incomodidad no desaparecía—. Ya no sé si insistirles más. Rossana cambió el tono de inmediato, queriendo alejar las sombras. —Bueno, hablemos de cosas bonitas. ¿Sabes? Con mi novio lo tenemos claro: en cuanto terminemos este semestre buscaremos un apartamento pequeño, para vivir juntos. Ya no soportamos estar separados más de unas horas. —¡Qué felicidad! —los ojos de Katya brillaron de verdad—. Él es un gran chico, Rossana. Trabaja mucho, te cuida... se merecen estar juntos. —Gracias, preciosa. Y tú? ¿Tú y Peter? ¿Ya dieron el segundo paso? —Rossana arqueó una ceja con picardía. Katya se sonrojó hasta las orejas y miró las baldosas del suelo. —No... él dice que prefiere esperar hasta el matrimonio. Que quiere que mi primera vez sea perfecta, en nuestra noche de bodas, sin prisas ni miedos. —¿Y tú quieres eso? —preguntó su amiga, seria de golpe. La joven dudó, buscando las palabras. —La verdad... no lo sé. A veces pienso que sí, que es romántico. Pero otras... quisiera vivir cosas antes. Conocer lugares, sentir esa cercanía sin reglas. Cuando nos besamos, la tensión sube muchísimo, y siento que quiero ir más allá... pero él siempre se frena. Me dice que es por respeto, por amor. Y sé que lo hace con buena intención, pero a veces me deja con una sensación extraña, como si faltara algo. —Bueno —suspiró Rossana—, mientras estés cómoda tú... eso es lo único que importa. Llegaron a la cafetería "El rincón dulce", un local pequeño con paredes de madera clara, vitrinas llenas de galletas, tartas de frutos rojos y el famoso pastel de miel de Simone. Esa hora estaba abarrotada: estudiantes, trabajadores de oficina y vecinos se agolpaban en las mesas. Sin perder tiempo, colgaron sus mochilas y abrigos, se pusieron los delantales blancos y se pusieron a servir café, llevar platos y cobrar, moviéndose con la sincronía de quienes llevan años trabajando juntas. Cuando cerraron las puertas por la noche, ya casi eran las once. Mientras cenaban una sopa caliente, Walter golpeó suavemente la mesa con los nudillos, con una sonrisa que rara vez se le veía. —Tenemos una noticia. Nos llamaron del Hotel Edelweiss, uno de los más exclusivos de la ciudad. Quieren que nosotros preparemos toda la repostería para su gran gala de fin de semana, dentro de siete días. —¡¿De verdad?! —Katya se puso de pie de un salto—. ¡Abuelo, eso es increíble! Es justo lo que necesitamos para demostrar que podemos crecer. —Lo es —asintió Simone—. Pagan muy bien, y si todo sale como esperan, nos incluirán en su lista de proveedores permanentes. Es la oportunidad que llevamos años esperando. Anotaron los detalles en una libreta, revisaron las fechas, los presupuestos y los ingredientes necesarios. Katya sentía el pecho lleno de esperanza: si todo salía bien, podría aplicar todo lo aprendido en la carrera, ayudar más a sus abuelos, ampliar el local y acercarse al futuro que soñaba: un negocio propio sólido, casarse con Peter y devolverle todo el cariño que sus abuelos le habían dado. Esa noche, se durmió pronto, agotada. Pero la oscuridad no le dio tregua. Volvieron las sombras, el viento que aullaba, el sabor metálico en la boca y la sensación de que alguien la buscaba, muy lejos, pero sin descanso. Se despertó gritando, empapada en sudor, con la certeza extraña de que su pasado no estaba tan muerto como creía.






