Mundo ficciónIniciar sesiónLa taberna olía a sal, a humo y a sudor agrio de cuerpos cansados. Gabriel permanecía en la mesa del rincón, con la capucha calada y la copa intacta frente a él. No estaba allí por placer: escuchaba.
Los marineros hablaban de controles más estrictos en la costa, de carruajes inspeccionados antes de llegar a Dover, de bolsas de oro que cambiaban de manos en las aduanas. Ingla







