Mundo ficciónIniciar sesiónEl amanecer llegó sin música.
Bruselas despertaba con el rumor de las ruedas de los carruajes y los pregones de los periódicos, pero en la pequeña casa de la rue des Minimes, el silencio pesaba como un manto. Eleanor llevaba horas sentada junto a la ventana, con una carta abierta sobre las rodillas.No era de Gabriel.
Era de un capitán inglés, amigo de la red, que solo decía:“El mensajero D’Artois ha partido hacia el cuartel de Wellington. Ninguna palabra más, salvo que su misión lo lleva cerca de la frontera.”
Nada más.
Ni un rastro de su caligrafía, ni una firma, ni una p






