A la mañana siguiente, Eleanor apenas había dormido. La vela consumida en la cómoda era testigo de sus desvelos, y sus pensamientos aún ardían con el recuerdo de Gabriel deslizándose por la ventana. El miedo y la exaltación la habían acompañado hasta el amanecer, trenzándose en una maraña de dudas y certezas igualmente dolorosas. Cada crujido de la vieja mansión había sido un presagio, cada sombra, la silueta de un espía imaginario. ¿Habría sido visto? ¿Los habrían seguido? La dulzura del beso