El amanecer llegó gris y húmedo a Ashbourne, como si la tormenta de la noche anterior hubiera dejado aún su peso sobre los campos. Eleanor despertó con el corazón acelerado, con los labios ardiendo todavía del recuerdo del beso. Durante unos segundos no supo si había sido un sueño, pero la humedad en el alféizar y la rosa marchita bajo su almohada le confirmaron que había ocurrido de verdad.
Se incorporó en la cama, con un escalofrío. Nunca se había sentido tan viva. Era una vitalidad que nacía