La noche cayó sobre Ashbourne con un silencio pesado, apenas roto por el ulular de un búho y el crujido lejano de las ramas. Eleanor, incapaz de dormir, caminaba descalza por su habitación, envuelta en una bata ligera. Sobre su mesa reposaban la pluma negra y la cinta de seda, como un recordatorio constante de que el Halcón estaba allí, rondando las sombras.
Un leve golpe en el cristal la hizo girar de inmediato. Contuvo el aliento: junto al alféizar, una sombra se perfilaba con nitidez. Gabrie