La tarde se desvanecía sobre Manhattan, tiñendo el horizonte de tonos naranjas y violetas.
Eleanor, con una bata de seda, se encontraba de pie frente a los inmensos ventanales del ático, observando cómo la ciudad cobraba vida con un millón de luces titilantes.
Su mente era un torbellino de impresiones, una mezcla de ansiedad por la cena de negocios de esa noche y la extraña calma que había comenzado a sentir en su nuevo hogar.
— ¿Cómo van las cosas Elie, entre Tariq y tú? — Le había preguntado