Pasaron tres meses.
Adriana dio a luz a un varón, sano y fuerte.
Andrés estaba encantado.
Cada gesto del bebé le robaba una sonrisa, y todo lo que Adriana pedía, se lo concedía sin rechistar.
Pero entre la recuperación postparto y los cuidados del recién nacido, viajar de regreso era prácticamente imposible.
Y cada vez que Andrés insinuaba preocupación por Elena, Adriana soltaba lágrimas con una facilidad que lo dejaba paralizado.
—Andresito… yo solo te tengo a ti. Si te vas, ¿quién va a cuidarm