No volví a mirar sus rostros.
Simplemente me di la vuelta y entré al quirófano.
Había estado esperando este momento… no porque lo deseara, sino porque sabía que marcaría un antes y un después.
Acostada sobre la camilla helada, sentí cómo una vida se iba de mí.
Una vida que nadie había querido… pero que yo, aún así, lloré al perder.
Las lágrimas brotaron solas, incontenibles.
No por miedo.
Sino por dolor.
Cuando desperté, dos siluetas se dibujaban borrosas ante mis ojos.
—Elena… perdónanos, llega