A pesar de que me encontraba embarazada de tres bebés, pude alcanzar a la gemela y, al sostenerla entre mis manos, ella me sonrió.
—Mami…
Cuando escuché a la niña decirme así, sentí como toda mi piel se erizaba por completo; era como si algo estuviera mal en todo esto.
—Maria Pía —sonreí con dulzura al decir su nombre—, no soy tu mami, soy tu tía Brielle o tu madrina, como quieras decirme. Tu mami se encuentra en el cielo.
Maria Pía me miró con confusión, luego bajó Monserrat por aquellas escaleras y puso su manito en mi pierna.
—Mamita…
Se suponía que esto debía ser alegre para mí, pero no lo era; no era la madre de estas niñas y me sentía como una usurpadora.
—Madrina —Analía llegó donde me encontraba—. No te sientas mal, es natural que ellas te digan mami; al final de cuentas no conocieron a nuestra mamita y, al estar tan cerca de ti, pues deben de buscar a alguien. Además, aunque tú no las llevaste en tu barriga, pues las has querido como si así hubiese sido.
—¿No te encuentras mo